La escuela debería ser el puente hacia una vida mejor
La exclusión social también entra en las aulas. En este inicio de curso, Cáritas Diocesana de Santander ha compartido con futuros docentes la realidad de la infancia en situación de vulnerabilidad y la importancia de construir escuelas donde cada niño y cada niña pueda sentirse parte.
Septiembre es el mes de los comienzos y de la «vuelta al cole». Pero no todos los niños y niñas comienzan el curso en las mismas condiciones.
En Cáritas Diocesana de Santander conocemos de cerca esta realidad y acompañamos a familias e infancia que afrontan situaciones de vulnerabilidad y exclusión social. Por eso, este inicio de curso hemos querido compartir esta mirada también con quienes estarán mañana al otro lado de las aulas: los futuros docentes.
Los días 21, 22 y 24 de septiembre hemos desarrollado un taller con el alumnado de 4.º curso del Grado en Magisterio de Educación Infantil de la Universidad de Cantabria, dentro de la asignatura G495 – Atención Psicoeducativa en 0-3 años. Un espacio para analizar y reflexionar sobre cómo la exclusión social afecta a la infancia y sobre el papel que puede desempeñar la escuela.

Para ello, hemos partido de los datos del IX Informe FOESSA sobre Exclusión y Desarrollo Social, que nos ayudan a comprender una realidad que no debería pasar inadvertida.
1 de cada 4 niños y niñas en Cantabria se encuentra exclusión social
De los datos a la realidad de las aulas
Los informes nos hablan de desigualdad, pobreza, dificultades para acceder a una vivienda, precariedad o exclusión. Pero detrás de cada dato hay personas. Y, cuando hablamos de infancia, esas situaciones también pueden hacerse visibles en algo tan cotidiano como ir al colegio.
Rosa tiene más de 40 años de experiencia como profesora de Educación Infantil y Primaria y desde hace dos años es voluntaria de Cáritas Diocesana de Santander. Su testimonio durante el taller nos permitió aterrizar los datos y acercarnos a situaciones que, aunque puedan parecer pequeñas, tienen un gran impacto en la vida de un niño o una niña.
«Después de tantos años ejerciendo como maestra, guardo en la memoria montones de historias de niños y niñas que sufrieron este aislamiento por razones ajenas a ellos y a ellas».
Cuando la ropa se convierte en una barrera
Rosa recuerda el caso de un alumno con bajo rendimiento académico, poco interés por la escuela y un absentismo que comenzaba a ser preocupante.
Después de reunirse con su madre para intentar comprender qué estaba ocurriendo, descubrió que había una razón muy concreta detrás de muchas de sus ausencias: «Muchos días no tenía ropa que ponerle».
Lo que desde fuera puede parecer una cuestión secundaria puede convertirse, para un niño, en una razón para no querer ir al colegio. La falta de ropa o calzado adecuados puede generar vergüenza, aislamiento y miedo a sentirse diferente.
Por eso, hablar de inclusión educativa también significa prestar atención a las condiciones materiales en las que los niños y niñas acuden a las aulas.
Cuando no hay almuerzo que compartir
También recuerda otra escena aparentemente cotidiana. Con la implantación de la jornada continua, durante la mañana se hacía una pequeña pausa para almorzar. El objetivo era que el alumnado tomara algo saludable: un yogur, una pieza de fruta, un pequeño bocadillo…
Pero siempre había algunos niños y niñas que «olvidaban» traer el almuerzo.
«Lo que realmente ocurría era que no tenían nada en casa para traer».
Son situaciones que pueden pasar desapercibidas si solo miramos el comportamiento del niño. Pero detrás de un «olvido» puede haber una realidad de precariedad alimentaria que necesita ser escuchada y acompañada.
Cuando la exclusión también ocurre en el recreo
La exclusión social tampoco siempre se manifiesta en forma de carencia material.
Está en ese niño o niña que deambula solo por el patio porque nadie le invita a jugar. En quien se queda sin pareja cuando hay que organizar una salida escolar. En quienes nunca reciben una invitación para un cumpleaños.
«En los recreos hay niños y niñas deambulando por el patio, solos, porque nadie les invita a compartir los juegos».
Son experiencias que pueden parecer pequeñas, pero que tienen consecuencias. La soledad, el rechazo y la sensación de no pertenecer pueden afectar a la autoestima, al bienestar emocional y también al proceso de aprendizaje.
Una escuela que incluya, cuide y acompañe
Toda la sociedad tiene la responsabilidad de proteger a la infancia y velar por sus derechos. Y la escuela tiene, en este camino, un papel fundamental.
La escuela debe ser un espacio seguro, no solo para aprender matemáticas, lengua o ciencias, sino también para crecer, relacionarse, descubrir las propias capacidades y sentirse parte de una comunidad.
La exclusión limita el presente y roba el futuro. Por eso es importante que los centros educativos puedan detectar estas situaciones y generar respuestas desde la intervención pedagógica: favorecer el juego inclusivo, cuidar las relaciones entre iguales, potenciar la interacción y ofrecer apoyo emocional.
No se trata únicamente de detectar quién necesita ayuda. Se trata de construir aulas en las que cada niño y cada niña pueda sentirse valorado, acompañado y con las mismas oportunidades para aprender y crecer.
Ese es el mensaje que hemos querido trasladar a quienes serán los futuros docentes: detrás de cada comportamiento puede existir una historia que no conocemos. Escucharla, comprenderla y acompañarla también forma parte de educar.
Y, como inspiración para este camino, compartimos una frase atribuida a Rabindranath Tagore:
«El bosque sería muy triste si sólo cantaran los pájaros que lo hacen bien».
Una escuela inclusiva es aquella en la que todos los pájaros tienen un lugar para cantar.
Gracias por caminar con nosotros
Queremos agradecer a la Universidad de Cantabria la calidez con la que nos ha recibido, especialmente a Noelia Ceballos, responsable de la asignatura G495 – Atención Psicoeducativa en 0-3 años.
También queremos dar las gracias al alumnado que ha participado en estos encuentros y que ha compartido sus reflexiones y preguntas con tanta honestidad.
Y nuestro agradecimiento al Instituto Cántabro de Servicios Sociales, por su colaboración a través de la subvención destinada a programas de interés general para atender fines de interés social, con cargo a la asignación tributaria del 0,7 % del IRPF. Su apoyo hace posibles iniciativas como esta, que nos permiten seguir generando espacios de reflexión y compromiso en torno a la realidad de las personas más vulnerables.
Porque la escuela debería ser mucho más que un lugar al que ir a aprender. Debería ser también un puente hacia una vida mejor.





